aprendiendo

De la mano de dioses amables jugando a degustar la esencia,

principiantes o maestros:

monigotes mimados por el destino.

¡Qué incómoda y aburrida escena para la conciencia!

 

¿Cuándo, dónde y cómo

perdimos la pericia en desempaquetar los momentos regalados?

Aceptaremos los disparates,

el sinsentido de una vela apagada junto a un mechero allí donde nada se ve.

 

¿Cuándo, dónde y por qué

nos desprendimos de la sabiduría que otorga el mirarse en los ojos del otro?

Reconocerse facilitaba las cosas.

Y ahora,

la obtusa falta de visión de lo precioso, de lo ofrecido,

de la simplicidad del paso del aliento de uno a otro…

Y empaparse de su aroma.

Despreciada la oportunidad de los manjares que llegan así,

sin querer, sin grandes fiestas,

sin más guirnalda que una chispa crepitando en el tiempo y en el espacio.

Nos sobrepasa la conciencia.

 

Pero saber en cada momento de unos ojos y un respiro

tampoco nos salva,

no evita la apoteósica presencia de un mundo ciego

sin más alternativa que la revancha.

Cautivos,

Esclavos,

no nos libramos de la insolente falta de responsabilidad

con que se pueblan los campos,

ni de esa cizaña tan inhóspita a la propia vida.

 

Un guerrero ha visto el mundo destrozado a sus pies

y no ha pedido esa evidencia.

Quizás por eso luchaba.

Tal vez es por la grosera presencia de despojos por la que llora.

Sus lágrimas claman otro sentido que el del sencillo duelo.

Momentos no merecidos.

 

La trampa de las ilusiones desmonta el paraíso:

esa gran obra realizada con aderezados restos.

¡Tantas acciones por depurar en nuestros escenarios!

Trabajoso volver a hilar con frágiles hilos nuestra eternidad.

 

¿Recuerdas?

¿Recuerdas esa niña que lloraba junto al agujero que deja cualquier bomba?

¿Te puedes desprender de la imagen del niño,

con esa barriga a punto de estallar,

de la mano del hombre de cuyo cuello pende la llave de la despensa?

 

Soy un manojo de flores descuartizadas

al pie de una tumba de alguien que murió sin ser nombrado.

Soy el fruto de un tremendo error en el cálculo de la alegría.

Mi mano creo que no tiembla,

ni supongo ya un mundo en el que el miedo me despierte.

 

Es eso lo que se aprende,

es así como se aprende.

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